Lucca, la gran desconocida de la Toscana
Imagina que entras a Lucca cruzando una de sus antiguas puertas, quizás la Porta San Pietro. Lo primero que sientes es el abrazo de las murallas: anchas, cubiertas de árboles, reconvertidas en un paseo que rodea el alma de la ciudad. Son como los brazos de una madre que protege una memoria que se niega a desvanecerse.
Dentro de esos muros, el tiempo no es una línea recta. Aquí, el presente y el pasado conviven en cada rincón. El trazado de sus calles es romano. Literalmente. Fue una colonia del Imperio desde el 180 a.C., y aún se adivina el antiguo foro en la plaza San Michele, donde la iglesia homónima se levanta como un libro tallado en piedra. Allí, los relieves te cuentan historias de santos y de sueños.
En los días de la Edad Media, Lucca fue una república orgullosa, libre e industriosa. Se convirtió en una parada imprescindible para los peregrinos que cruzaban Europa rumbo a Roma por la Vía Francígena. Los comerciantes de seda tejían oro invisible en los telares, y la ciudad se volvía rica, refinada, atenta al arte y a los milagros.
Al caminar por la Via Fillungo, puedes imaginar el bullicio de aquellos siglos: gremios, banqueros, monjes, trovadores… y entre ellos, un niño que escuchaba el mundo con los oídos del corazón. Ese niño fue Giacomo Puccini.
Nacido en 1858, en una familia de músicos, Puccini creció entre partituras, coros e iglesias. En la Catedral de San Martín —el Duomo de Lucca—, su familia dirigía la música sacra. Tal vez allí, bajo las bóvedas góticas, aprendió a reconocer la emoción en una nota sostenida, el drama en un silencio. Ese talento lo llevaría lejos: La Bohème, Tosca, Madama Butterfly… Las óperas con las que haría llorar al mundo nacieron de una sensibilidad fraguada en los callejones de su ciudad natal. Hoy, su casa en la Piazza Cittadella es un museo que respira melodía.

Pero Puccini no fue el único en hablar con el alma desde Lucca. A finales del siglo XIX, una joven llamada Gemma Galgani vivía una vida de recogimiento y entrega. Santa para unos, enigmática para otros, Gemma decía experimentar éxtasis, visiones y sufrimientos compartidos con Cristo. Su breve existencia, marcada por la enfermedad y la fe, dejó una huella tan intensa que aún se le reza como la “flor de Lucca”. La iglesia donde reposan sus restos es un lugar de quietud sobrenatural.
Siguiendo el curso del Renacimiento, nos cruzamos con Matteo Civitali, escultor de mármol que convirtió la fe en materia. Sus obras decoran el Duomo y otros templos de la ciudad con una delicadeza que parece desafiar la rigidez de la piedra. Es fácil imaginarlo trabajando en su taller mientras la ciudad bullía con procesiones y discusiones políticas.
Más adelante, en el siglo XVIII, un joven llamado Francesco Geminiani cruzaba las fronteras del sonido. Alumno de Corelli, amigo de Handel, violinista virtuoso, Geminiani convirtió Lucca en un punto de fuga entre Italia e Inglaterra a través de su música. El arte, en Lucca, siempre encontró cómo abrirse camino.
Y si te detienes un momento frente a un retrato en el Palazzo Mansi, tal vez reconozcas la pincelada de Pompeo Batoni, otro hijo de esta ciudad. Pintor de dioses y de nobles, de belleza idealizada y ojos intensos, Batoni inmortalizó en sus lienzos el espíritu del Grand Tour, el viaje cultural de los aristócratas europeos.
Lucca ha sabido proteger a sus hijos ilustres como protege sus murallas. Pero también ha sabido ser cuna del anonimato: de mujeres que tejieron en silencio, de campesinos que rezaron por la lluvia, de jóvenes que se enamoraron bajo la sombra de una torre con árboles en la cima —la Torre Guinigi, un símbolo tan surreal como real, donde las raíces nacen del aire.
Sitios que ver en Lucca
Lucca ha sido nuestro gran descubrimiento en 2025, una ciudad que nos era desconocida y que se encuentra eclipsada por Florencia y Pisa
Os seguro que no os va a defraudar, en lo personal me parece bastante más interesante que Pisa, que más allá de la Plaza de los Milagros donde está la Torre de Pisa, el Baptisterio y la Catedral, poco más encontraremos en una ciudad absolutamente superada por ordas de turistas.
Lucca nos ofrece una ciudad con muchas historia, una arquitectura sobresaliente y una ciudad infinitamente menos saturada que sus dos vecinas super turísticas.
🌙 Piazza dell’Anfiteatro: la elipse del tiempo
Entrar en la Piazza dell’Anfiteatro es como atravesar un portal invisible hacia el alma más antigua de Lucca. Ninguna otra plaza tiene esa forma suave, redonda, maternal. Desde el aire parece un abrazo, y desde el suelo, un escenario. Lo que ves hoy —una hilera de fachadas en tonos cálidos, balcones llenos de flores, cafés con pequeñas mesas— está construido sobre la elipse perfecta de un anfiteatro romano que latía aquí hace casi dos mil años.
Cierra los ojos y escucha: entre el murmullo de los comensales y el tintinear de las copas, aún resuenan los ecos de los espectadores, los rugidos del pueblo, las voces latinas. Pero la violencia ha sido desterrada por la belleza. Donde antes se combatía, ahora se saborea un capuccino bajo el cielo toscano.
La entrada, por calles estrechas, acentúa el efecto sorpresa. De pronto, todo se abre. Y sientes que estás dentro de un secreto.
🌳 Torre Guinigi: el jardín suspendido
En cualquier otra ciudad, una torre es un símbolo de poder. En Lucca, la Torre Guinigi es un manifiesto poético.
Se alza robusta entre los tejados, como si no quisiera destacar… hasta que levantas la mirada y ves lo inesperado: un grupo de encinas creciendo en su cima. Árboles, de verdad. En lo alto de una torre medieval de ladrillo rojo. Plantados hace más de cinco siglos por una familia noble que quiso dejar claro un mensaje: el poder debe estar enraizado en la vida, en la naturaleza, en lo que crece.
Subir sus escalones es como ascender por un poema. Al llegar, el aire cambia, huele distinto, y el viento trae consigo las voces de la ciudad. Desde arriba, Lucca parece un tablero de ajedrez cálido y ordenado, rodeado por las murallas como una caricia circular.
Es difícil no emocionarse allí. Bajo las hojas, entre raíces suspendidas, todo el mundo se vuelve un poco niño, un poco soñador.
🕍 Duomo di San Martino: donde el mármol reza
Al girar una esquina, la Catedral de San Martín se revela con su fachada asimétrica, como si el arquitecto hubiese querido recordarnos que incluso en lo divino, hay imperfección humana. Cada arco, cada columna, cada escultura parece susurrar una oración en piedra.
Dentro, la penumbra y el frescor contrastan con la claridad exterior. El silencio es espeso, como si la historia respirara contigo. La mirada se eleva hacia bóvedas góticas, retablos, vitrales… pero el verdadero tesoro está cerca del altar: el Volto Santo, una talla de madera de Cristo crucificado que, según la leyenda, llegó navegando sin tripulación desde Tierra Santa. No fue esculpido por manos humanas, dicen. Lo talló el mismísimo Nicodemo, y el rostro de Cristo se reveló milagrosamente mientras dormía.
Y al otro lado, casi escondido, yace Ilaria del Carretto. Su sarcófago es de una belleza serena: una joven dormida, esculpida por Jacopo della Quercia. Parece que respira. Su rostro tranquilo, sus manos delicadas, su perro a los pies. Es una tumba que no duele: es un canto al amor, a la juventud interrumpida con dulzura.
🛍 Via Fillungo: la espina dorsal encantada
Recorrer la Via Fillungo es como caminar por el espinazo de un dragón dormido. Es la arteria principal del centro histórico, pero lo más mágico de ella es que nunca se impone: te seduce. Sus curvas suaves, sus fachadas nobles, sus tiendas pequeñas que parecen sacadas de otro siglo…
Los escaparates son parte del paisaje: orfebrerías, pastelerías donde el olor a ricciarelli te obliga a detenerte, librerías antiguas con tomos encuadernados en cuero. Aquí se pasea sin prisa. Cada pocos metros, una pequeña plaza, una iglesia, un portal de piedra que deja entrever un patio con buganvillas.
Via Fillungo es donde Lucca respira, conversa, se viste con elegancia sin vanidad. Es la calle donde vive la ciudad, no solo su historia.
Dónde comer y beber en Lucca
Comienza el atardecer y la luz se vuelve líquida sobre los muros antiguos. Las terrazas de la Piazza San Michele se van llenando poco a poco de risas, copas que tintinean y camareros que caminan como si danzaran. Allí, en una esquina discreta, está Vinarkia della Pavona, una pequeña joya donde el vino no se sirve: se celebra. El camarero, casi un poeta, te pregunta qué te apetece, no solo con palabras, sino con los ojos. Un vermentino fresco o un rosso di Montecarlo, acompañado de una tabla de embutidos y quesos locales —pecorino, lardo di Colonnata, jamón curado en la propia Toscana—. Todo servido sin pretensión, con elegancia natural.
Aquí el tiempo se detiene un poco. Y eso es exactamente lo que uno espera en Lucca.
🍝 La cena como una confesión lenta
Para una cena que roce la ceremonia, camina hacia Trattoria da Giulio, escondida entre callejuelas que huelen a piedra húmeda y pan recién horneado. Las mesas de madera, el mantel a cuadros, la calidez del ambiente: todo parece haber estado allí desde siempre.
Pide el tordelli lucchese, una especie de ravioli relleno de carne y especias, bañado en un ragú que huele a domingo de abuela. No es un plato: es una herencia. También puedes probar la zuppa di farro, una sopa densa de espelta y verduras, tan humilde como deliciosa. Todo servido sin prisas, con esa forma de hospitalidad que no necesita palabras, solo ojos que te miran y te entienden.
Si aún hay espacio para el postre, elige el buccellato, un pan dulce con anís y pasas, receta de otra época. Te lo servirán con un vino dulce o con una sonrisa. O con ambas cosas.
🧁 Dulces con alma en un café con historia
A la mañana siguiente, deja que el aroma del café te guíe. En Pasticceria Dianda, que ha resistido generaciones sin cambiar su alma, encontrarás la repostería lucchese en su máxima expresión. La vitrina es un desfile de delicias: pasticcini, cantucci, tartas de ricotta, pero sobre todo el castagnaccio, un bizcocho oscuro hecho con harina de castaña, piñones, romero y un leve toque de aceite de oliva. Un sabor terroso, antiguo, que parece nacido del bosque.
Pide un espresso corto y fuerte. Siéntate. Observa. Aquí, cada desayuno es una declaración de amor a lo esencial
🥂 La noche que empieza con burbujas y termina con jazz
Cuando cae la noche, no busques grandes neones ni discotecas estridentes. En Lucca, la noche es íntima, casi confidencial. Un lugar como Cantine Bernardini, en el patio de un palacio renacentista, te recibe con vinos que saben a historia. Su carta es una enciclopedia viviente del vino toscano, y sus platos—basados en productos locales de temporada—es pura cocina honesta, de raíz, hecha por manos que aprendieron mirando a sus madres y abuelas
Y si lo que quieres es cerrar el día con una copa y música, cruza la plaza y siéntate en el pequeño Caffè Santa Zita, donde a veces suena jazz en directo, o en Caffè da Gino, donde los locales se reúnen a hablar de todo y de nada. La vida, como el vino, se respira mejor a sorbos cortos y sentidos.
5 curiosidades de Lucca
🧱 Una ciudad dentro de murallas… que nunca conoció batalla
Las murallas de Lucca son una rareza: no solo se conservan intactas, sino que nunca fueron utilizadas para una guerra. Aunque se construyeron en el siglo XVI para defender la ciudad, lo cierto es que su misión acabó siendo simbólica y, con los siglos, comunitaria.
Hoy, este anillo de 4,2 kilómetros es un paseo elevado lleno de árboles, bancos, familias, ciclistas y músicos callejeros. Desde allí, puedes ver los tejados rojizos del casco antiguo por un lado y, por el otro, los Alpes Apuanos a lo lejos. Es el lugar donde los lucchesi salen a caminar, pensar, correr o ver pasar las estaciones.
🏛 Una ciudad de 100 iglesias
Se dice que Lucca tiene tantas iglesias como días el año. Puede que sea exagerado, pero lo cierto es que cada pocas calles encuentras una capilla, un campanario, una basílica escondida. Algunas son monumentales, como San Michele o San Frediano; otras, discretas y silenciosas, abiertas solo en ocasiones especiales.
Esta abundancia no es casual: durante siglos, Lucca fue un centro espiritual y de peregrinaje, además de un enclave comercial poderoso. Y como ciudad de mercaderes devotos, construyó su paisaje urbano a base de fe y arte.
🎭 La ciudad del silencio musical
Aunque parezca una contradicción, Lucca es una ciudad silenciosa donde la música siempre ha tenido protagonismo. Además de ser la cuna de Giacomo Puccini, ha sido tierra de compositores, instrumentistas, luthiers y amantes de la ópera.
Lo curioso es que no tiene grandes teatros de fama mundial, ni óperas permanentes como en Milán o Florencia. Pero en cambio, Lucca suena en voz baja: en iglesias donde hay conciertos nocturnos, en festivales íntimos, en casas donde se sigue enseñando canto como si fuera un legado familiar.
Y cada verano, el espíritu de Puccini regresa en el Festival Puccini, celebrado al aire libre en Torre del Lago, cerca de la ciudad.
🧩 El detalle que se escapa: Lucca subterránea y secreta
Poca gente sabe que bajo las calles empedradas de Lucca hay una ciudad oculta: antiguos túneles de defensa, pasajes medievales, cimientos romanos… Algunos se pueden visitar en tours especiales, otros siguen siendo un misterio arqueológico. Son los intestinos de la ciudad, donde el tiempo se ha sedimentado.
También es fácil perderse entre jardines escondidos, patios que se abren tras una puerta sin cartel, antiguos claustros donde hoy hay librerías, y palacios cuyos interiores guardan frescos renacentistas que nunca verás en museos.
👣 Una ciudad que se recorre a pie… y al ritmo del alma
En Lucca no hay metro, no hay tranvías, y los coches apenas se asoman. Es una ciudad hecha para caminarla, para redescubrirla cada vez. Puedes recorrerla en una mañana, sí, pero también puedes dedicarle una semana sin repetir caminos.